La historia política del siglo XX español ha venido marcada por tres tipos de personajes: aquellos a los que Unamuno llamó los “cojonudos”, es decir, los que sacaron adelante sus ideas por puro tesón testicular (el grupo más colorista y reconocible), los outsiders que no tenían demasiadas ganas de subirse al tren de la historia (un José Antonio, un Lerroux, un Tierno Galván) y la siempre entrañable tropa de los arribistas. Entre estos últimos, el ejemplo más clamoroso y rutilante es el de Jordi Pujol. Vista en perspectiva, su trayectoria aparece como un camino propio flanqueado por vicisitudes históricas que no tienen poder para interferir demasiado. Pujol prosperó durante el franquismo, durante la transición, durante la democracia, pero uno tiene la sensación de que hubiera prosperado igual en la Virginia Colonial del XVII o bajo el imperio persa del rey Ciro. Moviéndose entre bastidores, pactando una cosa y la contraria, ganando espacios que nadie reclamaba, Jordi Pujol apareció como heredero del catalanismo decente de la época republicana y acabó setenta años después enredado en causas judiciales laberínticas, reivindicado sólo por una pequeña minoría sentimental.
Pujol es un hijo del franquismo: el tipo de legitimidad con la que se presenta a las elecciones de 1980 (las primeras de seis elecciones que ganó de manera consecutiva) proviene tanto del régimen como de la contestación al régimen. Hubo un catalanismo de orden, el que se dedicaba a cantar el Virolai y a condecorar a Franco en el Nou Camp, burgués y católico, en el que Pujol jugó un papel destacado, a través de su actividad en Edicions 62, la revista Serra d’Or o la fundación de Ominum Cultural. es verdad que sufrió unos meses de encarcelamiento por la acción simbólica en el Palau de la Música en 1960, pero los verdaderos revolucionarios no montan bancos, y su familia estuvo en la fundación de Banca Catalana, cuyos destinos de una manera u otra acabó decidiendo Pujol hasta su extrañísima quiebra a principios de los 80. Quiere decirse que Pujol bajo el régimen de Franco aprendió su máximo arte, a saber, el jugar con dos barajas en dos mesas diferentes. Podía al mismo tiempo sentarse con Heribert Barrera o los estudiantes que se encerraban en las parroquias a cantar “Al vent” y con el arzobispo de Barcelona o el ministro Fraga Iribarne. Entre el patriotismo y el pragmatismo encontró un espacio en que acabó siendo necesario para unos y otros; Pujol siempre valió más por lo que callaba que por lo que prometía y su entera pose se basó en un tipo de autoridad muy personal y paternalista, en la que parecía decir a sus críticos, “todo esto que usted dice está muy bien, pero no está usted preparado para jugar en la mesa de los mayores”.
Resulta difícil explicar, a quien no viviera la Cataluña de los 80 y de los 90, el tipo de predominio político, cultural y civil del que gozó la figura de Pujol. Supo detectar el vector ganador (el de la lengua y la cultura catalanas, masivamente apoyadas por la población) y el vector peligroso (la auténtica confrontación política en el eje territorial) y convirtió su proyecto político, Convergència i Unió, en una auténtica estructura de poder paralela, más o menos al estilo de la Democracia Cristiana de Andreotti. Pujol pertenecía al paisaje, como la abadía de Montserrat o la montaña de Montjuic, Pujol no era opcional, a Pujol el ruido político ni le rozaba.
Cuando llegó la transición, supo hacerse imprescindible. Aupado por un sistema electoral diseñado para la descentralización, entendió que los presidentes de gobierno pasarían, pero la Corona permanecía, y garantizó de manera personal al rey la estabilidad catalana a cambio de la progresiva creación de un pseudo estado paralelo y no fiscalizado a través de la nueva Generalitat. Su papel era el de un virrey, no el de un presidente de comunidad autónoma. Trajo prosperidad y calma y un sentimiento tibio de restauración nacional en torno a la recuperación de la lengua catalana y la creación de todo un ecosistema institucional hecho a su medida. Sus paseos por Zarzuela con el rey representan la esencia de la España hecha de arriba hacia abajo, pactada en despachos y reservados, poco partidaria de estridencias.
Todo eso se vino abajo en 2003, cuando a pesar de ganar las elecciones autonómicas en votos y escaños, fue descabalgado del poder por el primer tripartido de izquierdas, encabezado por Pasqual Maragall y Carod Rovira. Su movimiento político pasa a una cierta bicefalia (Artur Mas / Duran i Lleida) pero ya no tenemos dos almas en un cuerpo, sino dos cuerpos batallando cada uno por su lado. La nueva izquierda española ya no sabe hablar el lenguaje del pujolismo y se lanza a promesas desestabilizadoras (Zapatero prometiendo aprobar un nuevo Estatut llegue como llegue a Madrid) y el PP de Rajoy resulta demasiado irrelevante durante demasiado tiempo. Pujol, por primera vez, pasa a jugar de farol y entramos en el escenario del Procés: un rey joven con el que no tiene vínculos de lealtad, un armario lleno de cadáveres en forma de enriquecimiento personal, una política catalana asilvestrada y un gobierno en Madrid que ha decidido volver a jugar a las dos Españas. La caída de Pujol en 2014 es un extraño movimiento de autoinculpación. Alguien se la ha jugado, es decir, alguien le ha hecho creer que ya no es necesario y él opta por una estrategia de minimizar daños. De cara a la galería asume el daño reputacional, de puertas adentro afloja las riendas y crea el nuevo independentismo de derechas, mandando el país al abismo.
En el artículo de mañana, entraremos al detalle de la cuestión.