Hay una lógica anarquista que es irrebatible: allí donde no hay leyes, no hay criminales.
Una ley parte el territorio moral por la mitad, dejando a un lado a los buenos cumplidores de lo legislado y al otro lado a los infractores. Con cada nueva ley promulgada, aparece un nuevo grupo de infractores. Fumar un cigarrillo en una terraza, tomando una cerveza, era antes el deporte nacional y hoy es ilegal.
*Trump también tiene una guerra interior
Esto es así y no hay necesidad de abundar en ello. Las consecuencias son variadas. La primera y más importante es que si no hay fuerza coactiva para obligar al cumplimiento de la ley, por lo general la población lo que hace es pasarse la ley por el arco del triunfo con toda naturalidad. Se necesitan policías, inspectores, revisores, auditores, o la ley queda en papel mojado. Si la ley convierte en infractores a un grupo pequeño de personas (por ejemplo, los coleccionistas de sellos o los malabaristas de circo), no hay demasiado problema. Sin embargo, ¿qué sucede cuando se ha permitido, por dejadez o por astucia política, que centenares de miles de personas vengan incumpliendo la ley de manera sistemática desde hace años? Ahí es cuando las cosas se ponen interesantes.
Entran ilegalmente en un país es (bendita redundancia) un tipo de actividad ilegal.
Pero lo hemos permitido durante años, con gobiernos de color azul y de color rojo y hemos alcanzado una situación en que corregir esa ilegalidad masiva necesitaría de un esfuerzo colosal que cae mucho más allá de las capacidades de la administración. ¿Solución? Cambiar el sentido de la ley y regularizarlos a todos.
Para que se entienda. Violadores hay muy pocos.
Pero si la gente se pusiera a violar todo el día a todo el mundo, si hubiera ochocientos mil violadores activos sueltos por las calles, no habría policías ni jueces suficientes para atajar el problema. En ese mundo hipotético, lo que haría el Pedro Sánchez de turno sería legalizar la violación y luego dar discursos presumiendo de haber acabado con el problema. Ojo, tendría razón, porque al haber legalizado la violación, los violadores no serían criminales. Técnicamente, habría acabado con el crimen.
Este es el tipo de lógica al que nos enfrentamos.
Del todo irrebatible, del todo malvada, hija de la incompetencia y el puro cretinismo izquierdista hegemónico. ¿Acabar con la inmigración ilegal? Dicho y hecho, todos regularizados y ya no queda un solo inmigrante ilegal en el país. Y aquí paz y después gloria.