Si es verdad que la historia se repite en forma de farsa, entonces el viejo escenario de fondo de las dos Españas ha tomado en está época del tardo-sanchismo la apariencia de sainete en el duelo moral entre Vito Quiles y Sarah Santaolalla. Hace noventa años Ortega y Gasset discutía con Azaña en sede parlamentaria; hoy estos dos han convertido sus riñas de patio de colegio en materia política de primer nivel. Que cada uno juzgue si esto es un avance o un retroceso.
La política en redes es un fenómeno esencialmente histérico: agitación emocional, martilleo continuo, contenidos delirantes. Cada una de las dos Españas ha escogido a su campeón para este estrafalario combate singular. Del lado de la derecha un chaval bien peinado, de buenos modales, que practica el troleo callejero como si fuera la cima del periodismo de investigación. Del lado de la izquierda, una muchacha ignorante y gritona, de cuyo escote no se puede hablar nadie sabe por qué, novia de su novio en un noviazgo del que tampoco se puede hablar. Hace cuatro o cinco años, los dos se movían en una irrelevancia absoluto, hoy son objeto de iniciativas parlamentarias.
Si hay que escoger entre el uno y la otra, la persona prudente escoge la lobotomía o el suicidio con cicuta, al estilo de Sócrates. No puede ser que la nación de Alfonso X y Tomás de Vitoria, de Quevedo y Garcilaso, de Velázquez y Murillo, de Bécquer y Galdós, de Lorca y Aleixandre, de Rosalía de Castro y Mercè Rodoreda, de Buñuel y Berlanga, de Camarón y Paco de Lucía, no tenga nada mejor que ofrecer a los suyos. Si Unamuno levantara la cabeza la volvería a meter bajo tierra como un avestruz desconsolado. Las dos Españas han hecho de todo, incluso se han pegado tiros. Ahora funcionan como el dúo Pimpinela, aireando sus bajezas a ritmo de Tiktok.
El mismo error que comete la izquierda al entregarse a Sarah lo comete la derecha al rendirse a Vito. Ni necesitamos una izquierda de pechuga poligonera ni una derecha de Massimo Duti que solo sea capaz de hacerle chistecitos fáciles a Rufián. Deberíamos ser capaces de hablar sobre el rumbo del país, pero al parecer solo estamos cómodos en un escenario tipo Sálvame Deluxe: ahora entendemos que cambiar los programas del corazón por tertulias políticas no eliminó el marujeo, sólo lo trasladó a la política. Cintora, Nacho Abad, Risto Mejide son los nuevos Karmeles. El mismo tono, la misma vaciedad, la misma inmundicia intelectual.
El mundo está en guerra, la IA lo está arrasando todo, los mercados se tambalean y nosotros estamos pendientes de los cabestrillos de Sarah o del flequillo de Vito. ¿Dónde hay un lugar en que las dos Españas puedan sentarse a hablar, a discutir, a polemizar, a trabar la esgrima intelectual donde se afilan los espíritus? Si alguien lo encuentra, que avise, porque la cosa va teniendo ya cierta urgencia.
Solía decir Alfonso Guerra que en España se vota a la contra: no voto a los míos, sino para fastidiar a los otros. En 2026 esta dinámica se ha trasladado a la búsqueda de likes cretinoides en redes sociales, de manera que hemos sustituido el verdadero debate por el activismo de clicks y retuits. El problema es que no hay democracia sin verdadero debate público sobre ideas significativas. Cuando el ruido sustituye a la actividad intelectual, la clase gobernante (en nuestro caso, el sanchismo agónico) goza de absoluta impunidad para seguir llevando a la nación rumbo a toda calamidad imaginable. Si quedan patriotas entre nosotros, esta debería ser su tarea: volver a los ateneos, a los paraninfos, a las tertulias ilustradas, al ágora. Porque allí la diferencia ideológica es semilla de crecimiento espiritual y no de disgregación gratuita. ¿Realmente no queda nadie en España dispuesto a debatir de manera humana? De ser así, estamos perdidos.