Según la teoría política imperante, vivimos en democracia
es decir en el gobierno del pueblo (“demos”, en griego). Con esto ya basta para saber que nos hallamos ante una trampa conceptual, porque ni usted ni yo, querido lector estamos gobernando nada. Pero sigamos. La forma en que el pueblo “gobierna” es eligiendo mediante sufragio a uno de los tres poderes, el legislativo, el cual elige a los otros dos, el ejecutivo y el judicial. Es decir, el “demos” elige solo una tercera parte de la estructura de poder y lo hace mediante un sistema electoral absurdo, de listas cerradas, que genera un legislativo dividido en dos cámaras, una de las cuales, el Senado, es completamente inútil, de modo esa tercera parte sometida a sufragio solo tiene una eficacia práctica del cincuenta por ciento.
El núcleo del poder sometido a control popular
se reduce, por tanto, al Congreso de los Diputados. Examinemos, entonces, lo que allí ocurre. Con un sistema de listas cerradas y disciplina de voto, los diputados votan siempre unidos. Si un partido obtiene cincuenta diputados, esos diputados votarán como un bloque en todo momento, sea cual sea el debate, sean cuales sean las circunstancias. A día de hoy, el partido con más diputados es el PP, con 137 escaños. Da igual lo que se diga en la tribuna, da igual las ideas que se aporten, da igual el tipo de ley que se esté debatiendo: el PP siempre tendrá un bloque de 137 votos, el PSOE dispondrá de 121 y así sucesivamente. Un sistema en que solo hubiera un diputado del PP cuyo voto contara con un valor de 137 y un solo diputado del PSOE cuyo voto contara con un valor de 121 funcionaría exactamente igual y nos ahorraríamos una millonada en sueldos y gastos varios. Cada partido podría contar con un solo representante. En la actualidad trece partidos tienen representación parlamentaria, es decir, nos bastarían con trece diputados.
Pero entonces, se nos dice, no habría auténtico debate
*Regularizando que es gerundio
Pero es que ahora ya no hay debate, sino una sucesión de intervenciones faltonas, vulgares, orientadas a los reels de Instagram y los clips de X, en las que sus señorías intercambian marrullerías retóricas antes de votar en bloque, de manera robótica y previsible. No hay un solo caso en que un grupo diga “oh, de acuerdo, nos han convencido”. Antes del debate siempre se sabe de antemano el resultado de la votación, lo que demuestra que también podríamos prescindir de los debates.
121 millones de euros nos cuesta el Congreso anualmente
y 68 millones el Senado, todo para una pantomima absurda porque, incluso soslayando todo lo anterior, el poder ejecutivo y el judicial hacen la guerra por su cuenta y cuando les conviene desobedecer al Congreso, desobedecen y aquí no pasa nada. Este sistema, luego, es multiplicado por 17 y aplicado a las comunidades autónomas. Y todo este tinglado recibe el nombre democracia, o sea, gobierno del pueblo. Poco nos pasa.