La España que arde, el mundo que arde
Dejó dicho el viejo Heráclito, el más grande de los filósofos gruñones, que “el fuego es el padre de todas las cosas”. Señalaba la arkhé, al principio fundamental, que él veía en el fuego como dinamismo, como energía, como transformación. Dos mil seiscientos años después nosotros solo sabemos del fuego que quema los chalets de nuestra civilización pequeño burguesa y nos llevamos las manos a la cabeza.
Se manifiesta el fuego, se manifiesta la verdad. Buscamos fuentes de energía refinada, exploramos el laberinto infinito del mundo cuántico, generamos máquinas inteligentes, pero tenemos a los abuelos durmiendo en polideportivos porque somos incapaces de que los pinares no ardan en verano. Estamos ganando un cosmos de virtualidad láser, de ciber espacios etéreos, mientras el viejo mundo de los bosques y los senderos de los pastores es pasto de las llamas. Lo que sucede es una mudanza delante de nuestros ojos. Lo agreste, lo polvoriento, lo rudo y vegetal es entregado al arcaico furor heraclitiano y a cambio tenemos un nuevo tiempo de modelos cretinas de Instagram y envíos de perritos calientes a través de apps de mensajería. Para que el fuego devore algo, tiene que haber un descuido previo: una vez que nuestra atención se la ha llevado el algoritmo que nos trae el último tiktok de la novia de un futbolista o el último insulto de Oscar Puente, los montes están perdidos.
No viene un mundo desertificado, como creen Greta Thundberg y sus amigos flotilleros de Greenpeace, viene un mundo pulcro muy parecido a la sala de espera de un aeropuerto, con refrescos bajos en azúcar, megafonía sintética y suelos de mármol pulido. Viene Singapur, viene Dubai. El impulso de esta transformación es un cierto ideal de higiene que ve como opción limpia a la chica urbana que con sus limonadas isotónicas y como opción sucia a la abuela de la fabada que quema leña en su chimenea de siglos. No se trata de ser más pobres o más ricos: es un cambio de paradigma que pasa por una sustitución en lo estético fundamentada en una ideología tramposa.
La revolución industrial fue un asunto prometeico, el robo del fuego a gran escala, el surgimiento de una civilización basada en lo combustible, en el motor de explosión en el que la llama era confinada en la sabiduría metálica de la ingeniería. El planeta iluminado que ven los astronautas, recubierto por la fina nervatura de la electrificación, es una brasa que va ganando incandescencia. Se van la hierba y la madera, vienen la piedra lisa y el metal. Nuestra era es la electrónica: ahora el fuego ya no está atrapado en la brutalidad ruidosa del motor de bujías, sino en la finura centelleante del microchip: la misma idea, con un grado de penetración mayor en la capilaridad de la materia. Todo va arder, todo está ardiendo, todo se está transformando. Ninguna heroica brigada de bomberos forestales para esto, porque cada vez que hacemos una pregunta a Chat GPT, hacemos avanzar ese futuro. Y el viejo Heráclito se ríe, desde su distancia de milenios.