Óscar Puente y las catástrofes
En nuestra historia política habíamos visto al ministro inútil, al ministro honrado, al ministro mentiroso, al ministro follador, al ministro desapercibido, al ministro ladrón… pero con Óscar Puente se ha consolidado un nuevo arquetipo, hasta ahora insólito. El ministro insultador.
Se nos dirá que el insulto en política es más viejo que el hilo negro, pero lo que ha ofrecido y ofrece el ministro Puente es una modalidad insólita. En general insulta de manera cotidiana, pero lo hace un poco con desgana, a velocidad de crucero. Insulta a rivales políticos, a periodistas incómodos y también insulta mucho a los ciudadanos a través de las redes sociales (aunque su maniobra favorita es el bloqueo). Quiere decirse que en los días normales los insultos de Puente funcionan como una especie de ruido blanco de fondo, una parte más del paisaje político nacional.
Pero cuando sucede algo, Puente se excita. Y comienza a ascender en una suerte de Escala de la Furia Progresista, en que el insulto es proporcional al problema que se afronta. Si el acontecimiento es meramente político, pues caen unas cuantas bravuconadas faltonas en todas direcciones (jueces, redactores, diputados, lo que haga falta). Si el problema es aún más grave, el tono se hace más desagradable y rasposo. Y cuando de vez en cuando hay auténticas desgracias nacionales (inundaciones, accidentes de tren que por casualidad dependen de él, incendios catastróficos) entonces a Puente le sucede más o menos como al increíble Hulk y pierde toda medida. Ya no tratamos con el bocachancla de whiskería, sino con una auténtica anomalía humana. En su fiebre progresista, Puente considera que en situaciones de necesidad lo que el país necesita es que el comparezca insultando a todo lo que se mueve: qué tipo de lógica le ha llevado a esa conclusión, eso es un misterio insondable. Si un buen día (Dios no lo quiera) el rey Felipe muriera de repente, uno imagina a Puente presentándose en Zarzuela para insultar hasta al conserje. Cuanto mayor es el desequilibrio que afronta la nación, más insiste él en su verborrea fecal.
Una presidenta reclama ayuda al gobierno porque su comunidad está siendo pasto de las llamas. ¿Qué hace Puente, miembro del gabinete? Pues insultarla, según sus cánones. ¿Qué ofrece a los que le recriminan sus modales? Ofrece más insultos, es (en el sentido literal del término) el ministro insultante. Su aportación al sainete nacional es haberse convertido en una vuvuzela con zapatos, un estropicio andante, bocinero y ramplón. Y ojo, porque más temprano que tarde se abrirá la sucesión de Sánchez y quizás Puente quiera hacer valer sus galones. Imaginémosle de jefe de la oposición, sería como abrir un grifo de improperios, un torrente constante de sandeces y groserías. No hay que descartarlo.