Liberalismo e islamización - estatua de la libertad del panteón de hombres ilustres de Madrid
El liberalismo, mal aterrizado en España desde 1812, lo ha infectado todo un poco en las dos orillas y es en buena parte responsable del...
Por Octavio Cortés
La lucha contra la izquierda postmoderna es una noble causa, pero nos junta con extraños compañeros de viaje. En la derecha del espectro político se ha montado una amalgama que nos recuerda a la de 1936, cuando frente a la república luchaban juntos los monárquicos de San Sebastián, los conservadores de la CEDA, los sindicalistas de Onésimo Redondo, los poetas de José Antonio, los carlistas y requetés, los germanófilos como Ledesma Ramos o Serrano Súñer, los charlatanes tipo Eugenio D’Ors o los liberales como Luca de Tena. Noventa años después, la pugna contra el sanchismo ha causado la alianza temporal entre conservadores y liberales (ambos enemigos naturales de la socialdemocracia) y en algún momento hay que hablar del asunto.
El liberalismo, mal aterrizado en España desde 1812, lo ha infectado todo un poco en las dos orillas y es en buena parte responsable del estropicio actual, empezando con el problema de la islamización. Uno de los dogmas liberales es la neutralidad del espacio público junto con la defensa de la libertad de culto. ¿Suena bien? Quizás, pero tras de esa tesis está la idea de la religión como asunto privado: usted cumpla las leyes y en su intimidad (espiritual o civil) adore a la divinidad de su elección. El problema es que el liberalismo propone al individuo racional y autónomo como sujeto político, como base de la soberanía, y contempla una sociedad de átomos individuales sin atender a aquellos factores que hacen que dichos “átomos” se coordinen entre sí, es decir, ignora lo cultural.
Las religiones no son solo un culto privado, son factores culturales que determinan de modo masivo la vida comunitaria. Una sociedad con milenios de tradición hinduista exhibirá rasgos diferentes a una sociedad con milenios de tradición cristiana. Esto lo entiende todo el mundo y no hace falta detenerse en ello. Pero resulta que nos encontramos, en 2026, con gente que nos dice que la religión de los que desembarcan en patera es un asunto privado de cada uno de ellos y que no pasa nada porque en España vivan ya más de dos millones de musulmanes. ¿Se puede estar más ciego? Si En España aparecieran diez millones de budistas la vida del país cambiaría, pero sucede que el budismo es una religión que no llama a decapitar a la gente ni a lapidar a las mujeres, es decir, habría cambios profundos, pero al menos no nos llevaría a la barbarie magrebí infinita.
El liberalismo se resiste a contemplar lo social, lo comunitario, lo cultural, lo histórico y vinculante: solo tiene ojos para lo individual, como si un médico solo viera células y fuera capaz de entender que estas células generan una estructura ascendente de tejidos, órganos, hasta generar un cuerpo en que la unidad y multiplicidad se integran en todos los niveles. ¿Somos células? Sí. ¿Somos sólo células? No. Del mismo modo hay que volver sobre lo cultural para entender la ruina que amenaza a la nación y para ello, con urgencia, hay que revocar la mirada liberal.
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