Si "por la pena entra la peste", "¿por el buenismo entra el okupa?"
Cuando la vergüenza irracional a describir la realidad hace que seamos incapaces de hacer cumplir a otros las reglas que nosotros sí nos imponemos...
El buenismo se ha convertido en una de las formas más eficaces de censura contemporánea. No prohíbe con leyes explícitas, sino con estigmas morales: quien nombra una realidad incómoda queda marcado como insensible, intolerante o peligroso. Así se erosiona la libertad más básica: la de llamar a las cosas por su nombre.
Una señora mayor que ocupa una vivienda que no es suya, según el relato dominante, ya no es una okupa. Es una víctima de las circunstancias a la que no se puede desalojar porque “le gusta más esa casa que la que sí podría pagar”, pero al ser mayor, prevalece la ternura. El derecho de propiedad queda subordinado a un relato emocional. Lo mismo ocurre con quien cruza una frontera de forma ilegal, en grupo numeroso y con la intención manifiesta de saltársela: no es un invasor, sino un “migrante irregular” o un “solicitante de asilo”. El lenguaje se suaviza hasta vaciar de contenido el acto.
Tampoco se puede señalar que, en determinados núcleos donde se ha concentrado una población llegada de fuera en condiciones de hacinamiento, ciertos delitos graves se han disparado. Quien menciona un aumento brutal de las violaciones o el desorden asociado queda acusado de estigmatizar. Igual ocurre con un dato estadístico elemental: si una minoría concentra una proporción desproporcionada de agresiones, decirlo se considera sospechoso. El problema no sería la conducta, sino quien la describe. La casta política te señala, las redes sociales te censuran.
El último tabú es político. Una minoría organizada no debería imponer su agenda sobre la mayoría, ni redefinir las normas de convivencia, ni decidir qué se puede discutir. Sin embargo, el buenismo invierte el principio democrático: la sensibilidad de unos pocos vale más que la evidencia y el interés general.
Cuando una sociedad no puede describir lo que ve, tampoco puede corregirlo. El eufemismo no humaniza; adormece. Recuperar la libertad de hablar con precisión no es crueldad, es el primer paso para no vivir de relatos y empezar a gobernar realidades, pero "el discurso de odio" es el arma mentada por sistema para callar a quien persiste en su intento de llamar las cosas por su nombre.
Ya no estamos en democracia, ni en un estado social, estamos en una "buenocracia" y abocados a la extinción de libertades...