Trump impulsa a Orbán como candidato a secretario general de la ONU
Washington empuja la candidatura de Viktor Orbán con posible apoyo de Rusia y China, en un giro que deja a Europa al margen del nuevo orden de potencias.
El analista Alexandre del Valle señala el apoyo convergente de Estados Unidos, Rusia, China y Turquía a Viktor Orbán como candidato a secretario general de la ONU como una señal geopolítica de primer orden. Según el Wall Street Journal, la Administración Trump habría animado al ex primer ministro húngaro a presentarse, contando con el posible respaldo de Moscú y Pekín, en lo que podría convertirse en una candidatura conjunta de tres potencias permanentes del Consejo de Seguridad.
Un candidato conjunto de potencias enfrentadas
Cuatro actores con intereses en gran medida antagónicos verían en Orbán un interlocutor privilegiado y, sobre todo, el símbolo de otra concepción del orden mundial. «Es toda la lógica de este nuevo Yalta 2.0 que se dibuja ante nuestros ojos… este retorno de los Estados-potencias, de las esferas de influencia y de los juegos de fuerza, en detrimento del universalismo occidental y de sus pretensiones normativas y deontológicas», escribe del Valle en su publicación.
El propio WSJ recoge que, cuando Estados Unidos, Rusia y China coinciden en un objetivo en el Consejo de Seguridad, «por lo general lo consiguen». Un funcionario estadounidense habría estimado hasta ocho votos «con comodidad» y la posibilidad de alcanzar diez de los quince miembros, aunque el umbral es de nueve sin veto y Francia y Reino Unido podrían oponerse.
El símbolo de un nuevo orden mundial
Para del Valle, esta alineación ilustra precisamente la recomposición que describe en su libro El Nuevo Orden postoccidental. Orbán, que perdió el poder en abril tras dieciséis años, se erigiría como representante de un enfoque basado en intereses, potencia y soberanía, frente a las pretensiones universalistas que han marcado la etapa posterior a 1945.
Europa al margen del juego de poder
Mientras tanto, la Unión Europea «hace figura de pavo de la farsa». Prisionera de su culpabilización y de sus lecciones de moral, «todavía le cuesta entender que el resto del mundo razona en términos de intereses, de potencia y de soberanía». El giro deja al continente en una posición de espectador mientras se reconfiguran las reglas del juego internacional.