Releyendo a JOSÉ ANTONIO

¿Se puede entender España sin haber leído a Ortega, a José Antonio y a Unamuno? No, no se puede. La España de los años 30 aún no ha sido solucionada, aún la arrastramos como un mal alumno que tiene que estudiar para los exámenes de septiembre. La España de los años 30 fue a parar a una guerra civil, es decir, demostró su inviabilidad: hasta que nosotros no encontremos la solución del acertijo que allí se planteó, no haremos más que poner parches a una herida que no deja de sangrar.

Los azares de la historia han privado a José Antonio del puesto que merece entre los pensadores políticos de nuestra historia reciente, pero su vigencia es absoluta en algunos aspectos. El hecho de que no dejara un tratado político exhaustivo, sino multitud de discursos, cartas y artículos, hace un tanto dificultosa la aproximación a su pensamiento político, pero a estas alturas ya no hay excusa posible. Hoy queremos recordar su noción de la triple división del país, del alma de la nación.

Explicaba José Antonio que España afrontaba tres tipos diferente de división: los ricos contra los pobres (la división de clase), los centralistas contra los periféricos (la división territorial) y las izquierdas contra las derechas (la división política).

Acabar con la división de clase es la propuesta marxista, pero no puede ser llevada a cabo sin dañar de manera irremediable la propiedad privada, la familia, la tradición cristiana, el libre mercado, etc. Esto es evidente, porque son los objetivos explícitos del marxismo y no merece más explicación. Una nación, en cualquier caso, no puede sobrevivir si se dedica de manera estructural a condenar a parte de la población a la miseria.

Acabar con la división territorial se puede hacer mediante el centralismo total o el secesionismo: muerto el perro se acabó la rabia. Pero el ideal de las flechas unidas en un haz es el de la unidad de los diferentes, la vocación común a la convivencia entre identidades históricas dignas de ser conservadas. No es tarea fácil, pero no hay manera de evitarla.

El problema viene cuando afrontamos la división política, que es enteramente artificial, creada solo para sostener las necesidades del sistema de sufragio y parlamentarismo. La división entre partidos que se presentan a sufragio crea un clima político no de debate, sino de marketing electoral constante y acentuación de una política de bloques, de cisma continuo, de conflicto innecesario. Si le sumamos un sistema de listas cerradas y un parlamentarismo de grupos con obediencia de voto, convertimos el ideal original del diálogo entre diferentes en una transposición de la competencia de libre mercado al terreno de las ideas. Una mercantilización del alma de la nación. La propuesta de José Antonio siempre fue sustituir al partido por el sindicato, pero nunca fue llevada a cabo, porque Franco adoptó una versión ad hoc para un proyecto de dictadura militar que nunca fue el de José Antonio.

En algún momento tenemos que volver a leer no solo a nuestros pensadores, sino a nuestros mártires, el más importante de los cuales fue el Marqués de Estella. Cuanto más tardemos, más empeorarán las cosas.


Escrito el 12/04/2026
Octavio Cortés