Bruselas desautoriza a García: la inmigración eleva el riesgo de enfermedades. Mónica García, ministra de Sanidad.
El ECDC vincula a los recién llegados con mayor riesgo de tuberculosis, VIH y hepatitis. Ceuta tiene casos; Europa tiene guías; García tiene un eslogan.
La ministra de Sanidad, Mónica García, sostuvo en Ceuta que asociar inmigración y enfermedades es “injusto” y “xenófobo”. Los documentos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) dicen otra cosa: los recién llegados presentan un riesgo específico de patologías infecciosas y, en varios países de la Unión, están desproporcionadamente afectados por tuberculosis, VIH y hepatitis.
Lo que dice Bruselas sobre inmigración y enfermedades
El ECDC, agencia de la Unión Europea, no habla en abstracto. En su guía de 2015 sobre patologías de relevancia para migrantes recién llegados afirma que “las poblaciones migrantes que entran en la UE/EEE, y en particular los niños, corren el riesgo de desarrollar enfermedades infecciosas”, en función del país de origen, la ruta y las condiciones del trayecto. El documento está disponible en
Recomendado: ecdc.europa.eu.Infectious diseases specific relevance newly arrived migrants eueea
Tres años después, la guía de cribado y vacunación de 2018 es aún más explícita: “en varios Estados miembros de la UE/EEE, subgrupos de poblaciones migrantes están desproporcionadamente afectados por enfermedades infecciosas como la tuberculosis, el VIH y las hepatitis B y C”. Por eso recomienda cribados de tuberculosis activa y latente, VIH, hepatitis y ciertas parasitosis, además de vacunación de recuperación.
Eso no equivale a afirmar que toda la población extranjera enferme más que la española. El propio ministerio de García publicó en junio un informe sobre residentes ya asentados con mejor perfil crónico. El problema que Europa señala es otro: el recién llegado irregular, sin historial vacunal conocido, tras semanas o meses de trayecto y hacinamiento. Negar esa distinción es negar la evidencia que el propio aparato sanitario europeo maneja.
Defensa resta gravedad al brote de sarna en Ceuta con 24 militares y un policía diagnosticado. Sindicatos denuncian hacinamiento y falta de protección.
Las palabras de la ministra frente a los hechos de Ceuta
El 16 de agosto, García declaró: “Los migrantes no traen enfermedades. Decir eso es xenófobo”. En la misma comparecencia reconoció dos casos de tuberculosis —uno de un menor ya diagnosticado en Marruecos— y 18 menores con prueba de Mantoux positiva, además de un riesgo epidemiológico “moderado” para los inmigrantes y “bajo” para los ceutíes. Admitió, asimismo, que el hacinamiento genera riesgo de salud pública.
El presidente del Colegio Oficial de Médicos de Ceuta, Enrique Roviralta, habló de “riesgo real de epidemia” y de “bomba de relojería”, con gastroenteritis, sarna y tuberculosis entre quienes permanecen en condiciones precarias. La ministra cifró en 5.800 las atenciones a inmigrantes en quince días.
Sanitarios ceutíes detallan presencia de sífilis, tuberculosis, gonorrea y un fallecido con indicios de fiebre tifoidea, en oposición a lo expresado por la ministra de Sanidad
Una política que antepone el relato a la vigilancia
El Gobierno de izquierdas ha convertido la sanidad universal en un dogma que no admite matices. Cualquier alerta sobre fronteras, hacinamiento o vacunación incompleta se etiqueta de xenofobia. El resultado es el contrario al que dice perseguir: se retrasa el cribado, se tensionan urgencias y se obliga a los profesionales a trabajar con circuitos improvisados.
Europa no pide cerrar hospitales a nadie. Pide reconocer que inmigración y enfermedades infecciosas no son un tabú cuando el origen, el viaje y las condiciones de acogida aumentan la probabilidad de tuberculosis, hepatitis o brotes de sarna.
Mientras tanto, el Ejecutivo nacional discute espacios de acogida con el Gobierno de Ceuta y minimiza el colapso que niega de palabra y confirma en la práctica. Una política seria exigiría cribado sistemático, control de fronteras y un debate sin anatema. El que se ofrece ahora es el contrario: negar lo que Bruselas escribe en sus propias guías.




