Mi vida con la fauna hispánica
Quien haya convivido con gansos, urracas o perros de caza sabe que el sentido de la propiedad, en el mundo animal, es una cosa admirable y al mismo tiempo...
Por Conrado Lorenzo
El nido prestado y la gansa que se lo quedó
Quien haya convivido con gansos, urracas o perros de caza sabe que el sentido de la propiedad, en el mundo animal, es una cosa admirable y al mismo tiempo cómica. El animal no consulta el Registro de la Propiedad. Marca, defiende, se instala y, si el dueño original tarda demasiado en volver, acaba convencido de que el nido, el comedero o el sofá le pertenecen por derecho divino. He visto a un cuervo apropiarse de una caja nido que yo mismo había colgado para un estornino, y luego gritarme como si yo fuera el usurpador. He visto a mi perro Moja ocupar el mejor sillón de la casa durante once años y mirarme con auténtica ofensa cuando intentaba sentarme. Esa misma lógica, aplicada a una octogenaria madrileña, es la historia de Charo Paquita.
Paquita —llamémosla así, que el hipocorístico le sienta mejor que cualquier sentencia— llegó al piso de la calle Alcalde Sáinz de Baranda cuando aún no era suyo ni de lejos. El contrato lo firmó su padre en 1956. Ella se quedó. Se quedó cuando murió el padre, se quedó cuando murió la madre, se quedó cuando el edificio cambió de manos y se quedó cuando un fondo, que había pagado el inmueble con dinero real, intentó cobrar una renta que se pareciera, siquiera de lejos, al valor de un piso de noventa y dos metros en el Retiro. Pagaba unos quinientos euros. Pedían mil seiscientos cincuenta. Ella consideró la diferencia un atentado contra la naturaleza. El fondo consideró que setenta años de alquiler congelado ya era bastante generosidad evolutiva.
En etología esto se llama usurpación por impronta prolongada. El individuo se marca tan profundamente con el territorio ajeno que termina creyendo que el territorio es una extensión de su propio cuerpo. Los gansos lo hacen con los estanques. Las urracas lo hacen con cualquier objeto brillante que encuentren en el jardín del vecino. Paquita lo hizo con un piso que nunca compró. El mecanismo es el mismo: cuanto más tiempo pasa uno dentro, más indignado se pone cuando el propietario original —o su sucesor legal— llama a la puerta.
Lo gracioso, si uno consigue mantener la distancia del naturalista y no la del militante, es la ceremonia con la que el animal usurpador defiende lo que no es suyo. Tres intentos de desahucio aplazados. Concentraciones. Gritos de «asesinos» dirigidos a quienes ejecutaban una sentencia firme. Ofertas de terceros para pagar la diferencia… que el dueño, en un alarde de coherencia poco frecuente en esta especie, rechazó. Al cuarto intento la sacaron en camilla. El espectáculo tenía la dignidad trágica de un ganso al que le quitan el nido, y al mismo tiempo la comicidad de ese mismo ganso cuando uno recuerda que el nido lo construyó otro.
No niego el apego. Sería absurdo. El apego territorial es real, intenso y, en los viejos, casi patológico. Un perro viejo que ha dormido once años en el mismo rincón muerde si se le desplaza. Una gansa vieja que ha criado en el mismo junco ataca al naturalista que intenta limpiar el estanque. Paquita había tejido su mapa cognitivo alrededor de aquellas paredes. Eso no convierte las paredes en suyas. Convierte el desalojo en penoso. Son dos afirmaciones distintas, aunque a mucha gente le cueste mantenerlas juntas en la cabeza.
El argumento de la vejez y la discapacidad merece respeto, no idolatría. Tenía ochenta y siete años y un cincuenta por ciento de discapacidad. La ley exigía un sesenta y cinco para prorrogar indefinidamente ciertas protecciones de la renta antigua. Quince puntos. En la naturaleza, quince puntos de diferencia en la fuerza de un cuello o en la agudeza de un pico deciden quién se queda con la carroña. Aquí decidieron quién se quedaba con el piso. Se puede discutir si la norma es justa. No se puede discutir que existía, que los tribunales la aplicaron y que el propietario no estaba obligado a mantener un museo viviente de la legislación franquista de arrendamientos a costa de su patrimonio.
Y aquí viene la parte que más se parece a mis observaciones de corral. Mientras Paquita se aferraba al nido ajeno con uñas, sentencias recurridas y sindicatos de inquilinas, existen en este país residencias y viviendas tuteladas para mayores cuya lógica debería ser precisamente recoger a quienes ya no pueden sostener un territorio urbano caro. Algunas de esas plazas tardan. Otras, en cuanto queda un hueco por fallecimiento, son ocupadas por extraños con una rapidez que envidiaría cualquier urraca. El naturalista contempla el cuadro y se rasca la cabeza: el individuo que lleva setenta años en un nido que no es suyo grita que lo tiran a la calle; al mismo tiempo, nidos construidos expresamente para viejos son tomados por quienes no son viejos, o no son los destinatarios, o simplemente llegaron antes. La especie humana ha conseguido el milagro de tener a la vez usurpadores seniles en pisos de lujo relativo y plazas geriátricas convertidas en botín.
Paquita rechazó, según se informó, una plaza en residencia municipal. Tenía derecho a rechazarla. También tenía derecho el dueño a no convertirse en su asilo privado indefinido. En mis gansos, cuando un ejemplar viejo se niega a dejar el comedero central y picotea a los jóvenes, yo no derribo el comedero: aparto al ganso. Duele. El ganso protesta con una voz que parece acusarme de crímenes contra la "gansidad". Luego se instala en otro rincón y, al cabo de unos días, vuelve a comer. Los humanos hemos complicado este procedimiento con cámaras, portavoces y un comité de la ONU. El resultado es el mismo, solo que más ruidoso.
Se me acusará de falta de corazón.
Respondo con lo que respondería si un lector me recriminara por echar a un grajo de la caja nido del carbonero: el corazón no anula la propiedad. La larga ocupación no crea título. El hecho de que uno haya sido feliz en casa de otro no obliga al otro a seguir prestándola cuando el préstamo se volvió ruina. Setenta años pagando por debajo del mercado no es una virtud heroica; es un privilegio histórico que se agotó. Convertir ese privilegio en derecho eterno es exactamente lo que hace el cuervo cuando decide que mi herradura oxidada es su tesoro nacional.
Charo Paquita no es un monstruo. Es un animal territorial muy viejo que confundió el alquiler con la herencia y la costumbre con la justicia. El fondo que la desalojó no es un ángel; es un propietario que hizo números y descubrió que mantener a una inquilina de renta antigua en el Retiro era un acto de caridad involuntaria. Entre el apego conmovedor y el título registral, la ley —esa herramienta tosca que los humanos usamos cuando los instintos ya no bastan— eligió el título. A mí, que he pasado la vida viendo cómo los animales resuelven estas cosas a picotazos, la solución me parece menos poética y más clara.
El nido, al final, volvió a su dueño.
Paquita salió en camilla, que es una forma especialmente teatral de abandonar un territorio. Los activistas gritaron. Los periodistas escribieron. Y en algún estanque de Austria, un ganso viejo sigue convencido de que el junco le pertenece porque lleva allí desde que era un polluelo. La diferencia es que el ganso no tiene Sindicato de Inquilinas ni Tribunal Supremo. Solo tiene el pico. A veces extraño esa sencillez.




