El audio de Daniel Sancho es del año pasado y nadie se entera
Daniel Sancho, treinta y dos años, chef, hijo de actor, condenado a cadena perpetua por el asesinato premeditado y el descuartizamiento de ...
Por Lupercio Latrás
Daniel Sancho, treinta y dos años, chef, hijo de actor, condenado a cadena perpetua por el asesinato premeditado y el descuartizamiento de Edwin Arrieta en Koh Phangan, hablaba en octubre de 2025 con la urgencia de quien ya ha visto el techo del pabellón demasiadas veces.
«Mamá, me sacas de aquí. Para el 15 de noviembre estoy fuera si hacemos esto».
Silvia Bronchalo, al otro lado, contaba el dinero que tenía. Ciento y algo. Cien mil euros, más o menos. El problema no era el número. El problema era moverlos a Tailandia sin que Hacienda preguntara, sin que alguien en Madrid levantara una ceja, sin que el conductor que antes llevaba comida y transferencias semanales volviera a aparecer en la puerta de la cárcel. Daniel insistía. Lo importante era que vieran que lo estaban haciendo. Comprar un terreno. Demostrar arraigo para que una persona —no dijo el nombre completo— pudiera interceder. Hemos intentado ganar por las buenas, decía. Pues ahora hay que ganar por las malas.
El audio no salió entonces. Salió casi un año después, a finales de septiembre de 2026, justo cuando el tribunal de apelación de Samui acababa de ratificar la cadena perpetua y de rechazar el recurso que pedía anular el juicio o repetirlo. Carmen Balfagón, abogada del equipo que Rodolfo Sancho había montado alrededor de su hijo, lo había anunciado días antes en un plató de Telecinco. Advertía que iban a filtrar la conversación para intentar demostrar que querían comprar al tribunal, la abogada lo negó. Que era para comprar un terreno. Que en Tailandia, si alguna vez se planteaba una libertad bajo fianza mientras se resolvía el recurso, convenía tener algo que demostrara raíces en el país. Que tenían pruebas. Que Silvia debía denunciar si el audio salía. Que ellos lo harían en nombre de Daniel.
El audio salió igual.
En la misma llamada Daniel contaba otra cosa. Había bajado del aislamiento. Prefería el aislamiento. “No sabes lo que ha sido esta semana”, le decía a su madre. Abajo, con el resto de los presos, era peor. Las cárceles tailandesas no están hechas para el confort del hijo de un actor español. Duermen en el suelo. No hay privilegios visibles. Daniel leía, hacía deporte cuando podía, y esperaba. Una llamada a la semana. Alternaba entre el padre, un amigo y el equipo jurídico. A la madre, en esos meses, ya no la llamaba.
Balfagón lo había dicho en agosto, con la frase que se convirtió en titular: “Daniel no es un asesino”. Homicidio imprudente, insistía. Nunca asesinato premeditado. El equipo creía en la inocencia en ese sentido estrecho y seguía peleando para que, cuando la sentencia fuera firme, pudiera volver a España. También decía que le daba pena por Silvia. Que Daniel necesitaba el apoyo de todo el núcleo. Que la madre era una pieza importante. Que no sabía si se podía pedir que los padres estuvieran unidos después de todo lo que había pasado. Rodolfo, añadía, estaba haciendo todo lo que podía. Causas laborales. El actor no había ido a Surat Thani desde la lectura de la sentencia. Silvia, por su parte, había dejado de mandar el conductor con dinero y comida. En un mensaje leído en televisión acusó al entorno de preferir aislarlo: que solo se relacionara con presos y con ellos. Nadie más había ido a verlo. ¿Eso es amor?
La ruptura venía de antes. Daniel se había enfadado cuando su madre denunció a Rodolfo por presuntos malos tratos. Quería declarar a favor del padre. El padre, decía, era la única persona en la que confiaba, junto con la abuela Noelia. La llamada de octubre de 2025, la del terreno y los cien mil euros y el 15 de noviembre, quedó como un resto de cuando todavía hablaban. Luego el silencio. Luego la filtración.
Cuando el recurso cayó, Balfagón apareció de nuevo en el plató. “Estamos todos fastidiados”, dijo. Rodolfo estaba mal. Daniel también, aunque era el primero que no quería volver a España etiquetado como asesino. El equipo preparaba el salto al Supremo tailandés y, después, al Constitucional. En directo le soltaron que Daniel estaba hundido, que le habían vendido pajaritos, que barajaba cambiar de abogados. Ella negó. A día de hoy no es cierto, respondió. Si lo es, vuelvo y lo digo.
El meollo del asunto no estaba en la celda. Estaba en la distancia entre lo que se decía en los platós de Madrid y lo que se oía en el auricular de Surat Thani. Un hijo de actor pidiendo a su madre que saltara en un avión al día siguiente para comprar un trozo de tierra que, según él, lo sacaría en seis semanas. Una abogada que meses antes advertía de la filtración y que después de la ratificación de la condena seguía sosteniendo que no era un asesino. Una madre que se sentía agredida y utilizada –así lo ha declarado– cuando el audio privado llegó a los medios. Un padre que, según el equipo, hacía todo lo que podía y que, según la madre, llevaba demasiado tiempo sin aparecer en la puerta de la prisión.
Daniel había dicho en la llamada que parecía que iban a ganar sin tener que hacer nada de eso. Luego “me han jodido”. La apelación confirmó la perpetua en septiembre de 2026. El 15 de noviembre de 2025 había pasado hacía tiempo. El terreno, si es que se compró, no aparece en los autos. La llamada quedó grabada, filtrada y convertida en el último capítulo del folletín: el hijo que ya no se habla con la madre pidiéndole, un año antes, que lo sacara de allí por las malas. Carmen Balfagón seguía en la pantalla explicando que el apoyo familiar era imprescindible y que la estrategia no había cambiado. En Surat Thani la semana seguía siendo la misma. Prefería el aislamiento.




