Íñigo Errejón, el exdiputado de Sumar y autoproclamado campeón del feminismo, enfrenta ahora una segunda denuncia por presunta agresión sexual. Esta acusación, presentada por una mujer de relevancia pública, detalla un acto de agresión sexual en enero de 2024, exponiendo no solo a un individuo, sino a todo un sistema ideológico que predica igualdad mientras protege a sus depredadores. Mientras la derecha defiende una justicia implacable y sin doble rasero, la izquierda parece atrapada en su propia retórica vacía, permitiendo que figuras como Errejón manchen su supuesta moral superior.
Los detalles escalofriantes de la nueva denuncia
La denuncia, revelada por múltiples medios, describe un encuentro que comenzó consensual pero derivó en horror. «Me sujetó por el cuello, me colocó de espaldas y me penetró vaginalmente por la fuerza, sin mi consentimiento», relata la víctima, añadiendo que Errejón la amenazó: «Si gritas, será peor y si te resistes, será peor». Estos hechos ocurrieron en el domicilio del exdiputado, apenas semanas después del incidente con la actriz Elisa Mouliaá. Según los medios, la mujer rechazó explícitamente las relaciones sexuales, pero Errejón ignoró sus protestas, prolongando la agresión durante varios minutos.
La víctima relata que, tras coincidir en un evento social, Errejón mostró un interés insistente. Una vez en el domicilio, el comportamiento del político se tornó agresivo. El documento policial detalla que el denunciado la condujo hacia una habitación donde, haciendo uso de su superioridad física, comenzó a realizar tocamientos no consentidos. A pesar de que la mujer manifestó su incomodidad y su deseo de detener la situación, el político habría ignorado sus peticiones.
«Me penetró vaginalmente por la fuerza sin mi consentimiento, mientras yo estaba bloqueada y llorando».
El relato es especialmente crudo al describir el momento de la agresión: la denunciante asegura que fue empujada contra la cama y que Errejón procedió a la penetración de manera violenta. La víctima describe un estado de «congelación o bloqueo», una respuesta traumática común en la que no pudo ofrecer una resistencia física mayor por miedo a una reacción más violenta del agresor. Según consta en la denuncia, el acto fue «unilateral, brusco y carente de cualquier tipo de afecto o reciprocidad».
Tras el suceso, la mujer afirma que se sintió «humillada y sucia», motivo por el cual no denunció de inmediato, temiendo además las repercusiones debido al poder político y mediático que ostentaba el entonces diputado. Esta nueva declaración ha sido remitida al Juzgado de Instrucción número 47 de Madrid para ser investigada junto a los testimonios previos.
Medios como El Mundo corroboran que la denunciante, representada por el mismo abogado de Mouliaá, Alfredo Arrién, ha solicitado el estatus de testigo protegido debido a su «cierto reconocimiento público», temiendo represalias en un entorno político hostil. La denuncia incluye tres agresiones sexuales previas, pintando un cuadro de intimidación sistemática.
Un patrón de abuso que no puede ignorarse
Esta no es una anomalía aislada, sino un presunto patrón de comportamiento depredador que Errejón habría exhibido repetidamente, abusando de su poder para silenciar a sus víctimas.
Fuentes como Democrata.es subrayan que esta denuncia se suma a la causa judicial en curso, donde Errejón ya ha sido procesado y enfrenta un juicio oral pendiente. ¿Cuántas víctimas más necesitan emerger para que la izquierda reconozca que su ídolo es un falso profeta, un lobo disfrazado de aliado feminista?
La hipocresía rampante en la izquierda progresista
Aquí radica el verdadero escándalo: Errejón, fundador de Podemos y portavoz de Sumar, ha enarbolado la bandera del feminismo radical mientras, según estas denuncias, violaba sus principios en la intimidad. Swissinfo.ch resalta que el juez ya lo investigó por el caso Mouliaá, imponiendo medidas cautelares, pero la persistencia de acusaciones cuestiona si hay un encubrimiento ideológico. La derecha siempre ha abogado por una ética basada en hechos, no en consignas huecas; en cambio, la izquierda parece eximir a sus líderes de las normas que imponen al resto de la sociedad.
Este caso obliga a un debate ideológico urgente: ¿Cómo puede el progresismo reclamar superioridad moral cuando sus figuras emblemáticas caen en tales abismos? Medios como Onda Cero señalan que, mientras la Fiscalía pide absolución en el primer caso, las víctimas insisten, alimentando sospechas de influencias políticas. Errejón no es una excepción; es el síntoma de una izquierda que prioriza el poder sobre la justicia.
El proceso judicial y las consecuencias pendientes
El juez ha abierto juicio oral en el caso Mouliaá, con Errejón recurriendo en la Audiencia Provincial de Madrid. Ahora, esta segunda denuncia intensifica la presión, con el abogado Arrién pidiendo confidencialidad absoluta para evitar filtraciones que beneficien al acusado.
La sociedad debe exigir responsabilidad sin piedad: Errejón debe enfrentar las consecuencias plenas de sus presuntos actos, sin el escudo de su ideología fallida. Solo una justicia imparcial restaurará la confianza en las instituciones.
Este escándalo no solo destruye la imagen de Errejón, sino que obliga a la izquierda a mirarse en el espejo de su propia hipocresía. La verdadera igualdad surge de la responsabilidad, no de discursos vacíos. Es hora de que el progresismo limpie su casa o admita su fracaso moral.

