La España de verbena y cazalla, la España morosa, la España de pincho de tortilla y gol del Betis. La España de la humorada canallesca, sí, pero también la que aprendió del Quijote su locura y de Segismundo su tipo de furia. Como los fuegos de Cortázar, todas las Españas (las dos, las tres, las cinco mil) son España, en ella convergen como quien acude a su cita con un clavel en la solapa y una canción en el corazón.
La España de Torrente es la España de Berlanga y Azcona, también la de Maki Navaja y las Grecas y las medianoches de Sánchez Dragó. La de los bastonazos líricos de Valle Inclán y el regate corto de Juanito al borde de su tumba malagueña. No hay izquierdas y derechas el día que muere Manolete, no hay liberales ni conservadores en el Festival de Benidorm. El abrazo de unos es igual de ridículo que el repudio de los otros. Como dijo Ortega de Cataluña, Torrente sólo puede ser sobrellevado.
Hay tantos tipos de verdad como uno pueda desear: el tipo de verdad española se sitúa en algún punto medio entre Tomás de Vitoria y el sofrito con ajo. Habiendo renegado de la España celeste y moral, nos queda la España rasposa del mondadientes de Torrente a la hora de la cena. Unos y otros alimentan el revuelo en torno a la película de Santiago Segura como niños que han descubierto un espejo y se asombran ante su verdadero aspecto. Quizás la historia del cine no pase por algo tan desfibrado como Torrente, pero qué sabrá la historia a estas alturas. Torrente es la sombra que nos acompaña, la acidez sanadora de los remedios. Sólo al bufón le están permitidas las verdades y Santiago Segura ha optado por el camino de la honradez, que es compatible con cualquier cosa menos la cursilería.
Hace quince años nos pudo unir el gol de Iniesta en Sudáfrica, pero hoy hemos cambiado la calvicie querúbica de Iniesta por la calva pringosa de un energúmeno que ni siquiera existe. ¿Torrente nos agrupa, nos constituye, nos alarma? Hace todo eso y un poco más. Torrente nos mantiene a salvo de los pedantes de uno y otro lado: nos resguarda tanto de un Monedero como de un González-Pons y eso es de agradecer. Un esplendor de siglos, católico e imperial, no pudo funcionar sin una sala de máquinas grasienta, miserable y mezquina. La época de Fray Luis y Góngora es también la del Buscón y el Lazarillo. Desde 1982 sólo hemos conocido formas más o menos atenuadas de socialismo y, con ello, el destierro de todo lo noble y sublime. El precio de nuestro descuido es el apogeo de la España de Torrente.
Almodóvar está muy inquieto por Oriente Medio, pero José Luís López Vázquez se iba a su casa pronto a cenar con su señora. Entre todas las formas artísticas, el cine español es la única que ha renunciado a cumplir su función catártica. Todos los izquierdistas de las galas de los Goya son profundamente conservadores, hijos del establishment, criaturas de teta subvencionadas hasta la náusea. No hay que olvidar, llegados a este punto, que Torrente solo es una forma de alivio, un reflejo distorsionado de todos nuestros agobios. Ramplón, mediocre y lleno de mala leche, sí, pero escandalosamente necesario. Los progres odian a Torrente por el mismo motivo que deberían amarlo, a saber, su capacidad de lanzarse a la locura de levantar las alfombras y anunciar a gritos desde las azoteas lo que va encontrando. No seremos salvados por Torrente, pero al menos podremos reír un poco.
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