*Lo que la NASA no te cuenta: el regreso a la Luna pende de un hilo
*Viaje sin retorno: el 3I/ATLAS se acerca al Sol antes de abandonar el sistema solar
Por Enrique J. Ortiz
Nada de lo que ocurre en la actualidad a escala internacional es ajeno a esa guerra fría, más o menos soterrada, protagonizada por China y los EEUU. Ni la guerra de Irán ni el programa Artemisa de alunizaje y colonización de nuestro satélite. Igual que el programa Apolo y la carrera espacial de los años 60 del pasado siglo fueron parte de la guerra fría entre la URSS y los EEUU. Carrera espacial que ganó por goleada los Estados Unidos.
El presidente John F. Kennedy lo planteó en 1961 como una demostración de superioridad tecnológica y prestigio nacional -como lo hace Trump ahora-. Una vez que EE.UU. ganó esa carrera con el alunizaje del Apolo 11 en 1969 el objetivo político se cumplió. Sin rival directo presionando desapareció la urgencia. El Congreso y la opinión pública ya no veían la Luna como una prioridad nacional.
En 1970-1971, la NASA sufrió recortes del 15% o más, el coste total de Apolo fue de unos 25.000 millones de dólares de la época (equivalente a más de 150.000-290.000 millones actuales. La guerra de Vietnam, los problemas sociales internos y la crisis económica de los 70 hicieron que el Congreso y la Casa Blanca (especialmente bajo Richard Nixon) priorizaran otros gastos. Frases como “las alcantarillas son más importantes que las rocas de la Luna” reflejaban el sentimiento de la época. Como resultado, se cancelaron las misiones Apolo 18, 19 y 20 (incluso antes de que Apolo 17 fuera la última en 1972). La cadena de producción del Saturno V se cerró en 1968.
Una vez logrado el objetivo lunar, la agencia redirigió sus esfuerzos hacia proyectos más “prácticos” y sostenibles en órbita terrestre baja: Skylab (primera estación espacial estadounidense, El Transbordador Espacial (Space Shuttle), que se convirtió en el foco principal durante las décadas de 1980 y 1990 y finalmente la Estación Espacial Internacional (ISS) a partir de los 90.
Estos programas permitían mantener actividad humana en el espacio de forma más “rutinaria” y con beneficios terrestres (investigación en microgravedad, satélites, etc.), pero no requerían el enorme coste de ir más allá de la órbita baja terrestre. Además, las misiones robóticas (más baratas y sin riesgo humano) tomaron protagonismo para explorar otros planetas, asteroides y la propia Luna de forma indirecta.
Resumiendo: “La falta de voluntad política fue lo que hizo que los EEUU abandonaran la conquista de la Luna. ¿Y ahora, es realmente necesario volver?
Donald Trump ha tenido un papel central y decisivo en el renacimiento del programa lunar estadounidense, el que hoy conocemos como Programa Artemisa. Esta diosa es la hermana gemela de Apolo y el nombre no es casual, uno de los objetivos del programa es llevar a la primera mujer y al próximo hombre a la superficie lunar. Entre los estudios del Artemisa II figura uno relacionado con el efecto de las radiaciones en los tejidos blandos de la mujer.
En diciembre de 2017, Trump firmó la Space Policy Directive 1 (SPD-1), una directiva que cambió radicalmente la política espacial de Estados Unidos y estableció como prioridad el regreso de los humanos a la Luna de forma sostenible, como paso previo a misiones a Marte, de esta directiva surgió formalmente el Programa Artemisa. Entre sus objetivos iniciales incluía también fomentar la participación del sector privado (SpaceX, Blue Origin, etc.) y socios internacionales a través de los Acuerdos Artemisa (Artemis Accords), un marco de principios para la exploración lunar pacífica y sostenible. Trump también impulsó la creación de la Space Force (Fuerza Espacial de EE.UU.) y promovió fuertemente la comercialización del espacio.
Aunque el objetivo inicial de alunizar en 2024 resultó demasiado ambicioso (por problemas técnicos, presupuestos y la pandemia), la SPD-1 sentó las bases del programa que hoy sigue activo. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump ha impulsado una visión aún más agresiva bajo el lema “America First” y “Ensuring American Space Superiority”. En diciembre de 2025 firmó una orden ejecutiva que exige el regreso de los astronautas estadounidenses a la superficie lunar antes de 2028 (final de su mandato) para establecer los “elementos iniciales” de una base permanente para 2030 para priorizar la presencia humana sostenida en la superficie lunar sobre estaciones orbitales intermedias, como la estación Gateway prevista inicialmente en órbita lunar y que se ha pausado o redirigido parcialmente.
En marzo de 2026, la NASA, bajo el administrador Jared Isaacman, presentó el evento “Ignition”, donde anunció una reestructuración ambiciosa del programa Artemisa -alineada con las metas de Trump- que incluía el Artemis II (vuelo tripulado alrededor de la Luna) lanzado con éxito ayer, el Artemis III (2027) que será una misión de prueba en órbita terrestre para validar sistemas de acoplamiento, y por último se planean alunizajes tripulados con Artemis IV y V en 2028, con al menos un alunizaje anual a partir de entonces. Habrá además un aumento masivo de misiones robóticas (hasta 20-30 alunizajes entre 2027-2028) y transición hacia hardware comercial reutilizable para bajar costos.
Trump no inventó la idea de volver a la Luna (la NASA ya trabajaba en SLS y Orion desde la era Bush/Obama), pero sí le dio un impulso político decisivo que sobrevivió al cambio de administración en 2021 y se ha intensificado ahora. Sin la SPD-1 de 2017, es probable que el programa lunar siguiera estancado o diluido.
Además del sector privado, es importante la colaboración internacional. Especialmente la ESA europea.
Y desde luego que China no participa en Artemisa ¿Recordáis lo que decía al principio? Pekín no ha firmado los Acuerdos Artemisa (Artemis Accords), el marco legal y de principios que rige el programa estadounidense y que ya han firmado más de 60 países. China rechaza estos acuerdos porque los considera liderados por Estados Unidos y diseñados para favorecer sus intereses y los de sus aliados.
El programa lunar chino (Chang’e + ILRS), liderado por la CNSA, en alianza principal con Rusia y un grupo más reducido de países (actualmente alrededor de 17 participantes, como Pakistán, Bielorrusia, Sudáfrica, Venezuela, etc. Su proyecto es la International Lunar Research Station (ILRS), una estación lunar que también se planea en el polo sur. Estamos por tanto en otra carrera espacial.
Estos dos bloques prácticamente no se superponen. Solo un país (Tailandia) ha mostrado interés formal en ambos, pero la gran mayoría de los socios están claramente divididos. No hay cooperación técnica ni participación conjunta, pero sí existe una fuerte competencia geopolítica:
Ambos programas se dirigen al polo sur lunar, zona especialmente valiosa por los depósitos de hielo de agua (que pueden servir para producir oxígeno, agua y combustible), Estados Unidos ve el avance chino como un desafío estratégico -varios funcionarios de la NASA y del gobierno estadounidense han mencionado explícitamente que no quieren que China llegue primero o establezca normas de facto en la Luna-
China avanza de forma más metódica y con menos retrasos públicos en su programa robótico (Chang’e-6 fue un éxito en el lado oculto, Chang’e-7 está prevista para 2026). Su objetivo es alunizar antes de 2030.
Esta rivalidad se describe frecuentemente como la nueva Carrera Espacial del siglo XXI, pero hay diferencias respecto a la de los años 60. Ahora se trata no solo de “quién llega primero”, sino de quién establece la primera base sostenible, quién accede a los recursos lunares y quién define las reglas de comportamiento en la Luna. Es una competencia entre dos modelos opuestos. Artemisa es abierto, comercial e internacional. El programa chino es estatal, centralizado y con una coalición más limitada.

