Por Enrique J. Ortiz
España es hoy un país de trámites oscuros y retórica parlamentaria, un escenario donde la vida real de los hombres queda sepultada bajo un papeleo inútil que viene de Bruselas o se cocina en Madrid. Observamos este baile de máscaras entre Pedro Sánchez y Ursula von der Leyen, una relación de conveniencia donde se simula una sintonía que los hechos desmienten con la frialdad de una cifra en un libro de cuentas.
El dinero europeo, ese maná llamado NextGenerationEU, ha llegado a nuestras manos como si fuera el botín de una partida de tahúres. El Tribunal de Cuentas Europeo, con la sequedad de un notario, ha señalado que España es el país con más irregularidades en el gasto de estos fondos, acumulando el 27% de los errores financieros detectados en toda la Unión. No son simples fallos de escribano; es una incapacidad estructural para decir a quién se le dio el oro y por qué. Bruselas confiesa, con una mezcla de asombro y fatiga, que desconoce el destino real de la mayoría de los caudales.
Millones a gogó
Lo más lamentable de esta picaresca moderna de miles de millones, es el desvío de los dineros. Mientras se llenan la boca con la «transformación digital» y la «soberanía tecnológica», el Gobierno ha echado mano de 2.389 millones de euros de los fondos de recuperación para pagar pensiones contributivas. Se han comido la semilla de la industria para tapar el agujero de la Seguridad Social, una maniobra que hasta los propios consejeros del Tribunal de Cuentas han calificado de falta de base legal. Esta cifra es tan descomunal que supera la inversión en ocho de los doce planes industriales estratégicos, como el de la salud de vanguardia o el de los semiconductores. Es el triunfo de la urgencia electoral sobre la inteligencia nacional.
Es además, la demostración palpable de una de las grandes mentiras del gobierno, la que le sostiene en el poder: la economía va bien. Pues no, la jugada de las pensiones lo demuestra, las arcas públicas vuelven a estar vacías. No hay dinero a pesar del expolio al que este desgobierno nos está sometiendo con los impuestos. Hay que andar haciendo trampas para tener contentos a todos esos “boomers” que vieron como venía la democracia del 78, pero no se han dado cuenta que está acabada, que ha degenerado hasta la podredumbre.
Y llegó la guinda: hantavirus
Y en mitad de este pantano de opacidad, surge el hantavirus, como una nota trágica en un sainete madrileño. El buque MV Hondius, cargado de fiebre y muerte en su cepa Andes, navega por el Atlántico mientras los políticos se tiran los trastos a la cabeza. Sánchez, en un alarde de ese humanismo calculado (y calculador) que tanto le gusta, ha impuesto el atraque en Tenerife contra la voluntad de las autoridades locales, siguiendo las instrucciones de la OMS. Hay quien ve en este barco una «cortina de humo», una tinta de calamar lanzada para que el pueblo discuta sobre virus y cuarentenas mientras se olvidan las sombras de corrupción que acechan al entorno del poder: los Koldo, los Ábalos y los Aldama.
La corrupción no es ya el robo de un individuo, sino un sistema sin control. La Fiscalía Europea investiga ya 97 procedimientos en España, con un daño a los intereses públicos estimado en 414 millones de euros. Es una ciénaga de licitaciones manipuladas y costes inflados.
El tiempo se acaba. Von der Leyen ha dicho que no habrá prórrogas: el calendario termina en 2026 y punto. España tiene que repartir 60.000 millones de euros en unos pocos meses si no quiere perderlos, en una administración atascada por la burocracia y la desidia. Al final, lo que queda es la realidad de un país que gasta lo que no tiene y oculta lo que gasta, mientras espera que un barco lejano o una nueva crisis le sirva para posponer, una vez más, el momento de rendir cuentas.
*Hantavirus: Estados Unidos sale de la OMS
Pero el problema no es solo España, el problema es de toda la Unión Euroèa que es hoy un zoco de mercadeo, una congregación de lobbies y oscuros intereses donde, como en la Dinamarca de Shakespeare, el olor a podrido lo invade todo. No hay mucha diferencia entre lo que vemos en las provincias y lo que se cocina en los despachos de Bruselas. Allí, entre moquetas y silencios, se decide el destino del NextGenerationEU, un caudal de 750.000 millones (has leído bien, no es un error) que se escurre entre los dedos de una administración incapaz de seguirle el rastro.
*Bruselas: el legado de Borrell bajo sospecha por fraude en fondos europeos
La realidad es cruda y carece de lirismo. Mientras se corre contra el reloj para gastar el dinero antes de agosto de 2026, la Fiscalía Europea anda tras la pista de más de 500 casos de fraude. Se sospecha que unos 5.000 millones de euros han tomado caminos que no debían. El Tribunal de Cuentas Europeo, con la sequedad de quien levanta un acta de defunción, admite que miles de millones han «desaparecido»; nadie sabe a ciencia cierta quién ha recibido el dinero ni para qué se ha usado en realidad. Es la picaresca de siempre, pero con sellos de la Unión.
Úrsula, el colmo
Y en la cima de este tinglado está Ursula von der Leyen. No hay pruebas, en este momento, de que se haya quedado con un céntimo, pero su gestión tiene ese aire turbio de los negocios que se cierran en la sombra. Es el llamado «Pfizergate»: un contrato monumental de 35.000 millones de euros negociado por la presidenta a través de mensajes de texto con el jefe de Pfizer. Cuando se le pidieron los mensajes, la Comisión se puso de perfil, dando explicaciones imprecisas y cambiantes, hasta que la justicia europea sentenció que aquello era ilegal.
El resultado de tanta desidia y falta de mandato claro es un despilfarro que indigna. Se estima que se han perdido 4.000 millones de euros en dosis de vacunas que caducaron y acabaron en la basura. No es solo dinero; es la sensación de que las instituciones actúan con una opacidad absoluta, destruyendo pruebas y confundiendo funciones públicas con intereses particulares.
Al final, lo que queda es un panorama de corrupción y conflicto de intereses bajo una capa de retórica burocrática. En España se usan 2.389 millones de esos fondos para tapar el agujero de las pensiones, y en Bruselas se firman contratos de 25.000 millones sin que nadie rinda cuentas de verdad. Es un espectáculo de opacidad donde el ciudadano solo pone el lomo y el dinero. Un sistema podrido que avanza hacia su fecha límite con la misma desvergüenza con la que empezó.

