Es tanto el ruido, tanta la distorsión del discurso son tantos los flashes que centellean en direcciones opuestas, que cosas importantes están pasando desapercibidas. Hay tantas ministras histéricas perdiendo elecciones en tantas partes, tanto puterío del koldosocialismo, tanto Lamine Yamal con banderitas terroristas, tanto Marlaska haciéndose el digno mientras los guardias civiles mueren en “accidentes laborales”… Hay tanto desenfoque en el foco central del debate, mientras la banda de cuatreros de Moncloa sigue arañando semanas al calendario, que conviene dar un paso atrás y repasar el paisaje.
En Cataluña, en Valencia, en Madrid, en Aragón, los profesores están en las calles
clamando como clama quien no tiene ya nada que perder. Las terminales mediáticas sanchistas no saben qué hacer al respecto, porque el sector docente siempre ha estado escorado hacia la izquierda. No hay manera de presentar la situación atribuyéndola a bulos, fangos o desmanes de Vito Quiles. La situación es tan cruda que desde los medios oficialistas no pueden más que mirar hacia otro lado y esperar que pase la tormenta.
La situación en los colegios e institutos es inaceptable
no porque nadie lo diga desde la izquierda o la derecha, sino por la pura realidad de los hechos. El sistema educativo cruzó hace tiempo la línea de no retorno y la situación se degrada minuto a minuto. Alumnos que pasan curso con todo suspendido, imposición de enseñar todas las asignaturas con “perspectiva de género”, masificación, imposición de cargas burocráticas absurdas, bajos salarios, situaciones de violencia aprovechando la total indefensión de los docentes, politización woke de los currículums, multiculturalismo rampante (aulas donde se hablan cinco o seis idiomas), apoteosis de lo emocional y lo sentimental frente al esfuerzo, el estudio y el razonamiento, profesores de religión islámica pagados con el dinero de los impuestos… y solo estamos haciendo un pequeño resumen.
Quien se lo puede permitir, acude a la educación privada
y más o menos se pone a salvo del tsunami. Esto crea, de facto, dos sistemas educativos paralelos y sin apenas contacto. Una distinción estamental, una estructura que priva a la clase trabajadora del acceso a algo que merezca el nombre de educación de calidad. Esto es una tragedia para el país y ya hemos perdido unas cuantas generaciones en este pozo sin fondo. Los arquitectos saben que a menudo las reformas son imposibles cuando la ruina es total: solo cabe demolerlo todo hasta los cimientos y construir de nuevo. En este punto está el mundo educativo y no estamos exagerando. Necesitamos un reset total, parar las máquinas y hacer tábula rasa. Un país donde una educación mínimamente decente es un artículo de lujo es un país sin futuro.
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