Hay vida por encima del ruido, de la distorsión, del griterío. Hay un nivel de claridad intacto que siempre ha estado ahí, un estrato por el que el corazón humano suspira, aunque muchas veces no sepa poner nombre a su anhelo. El barullo y la mezquindad no alcanzan ni a rozar ese refugio del alma, del mismo modo que un niño con su tirachinas no alcanza a derribar las estrellas. Estas son verdades antiguas, pero conviene que de vez en cuando alguien nos las recuerde.
La mentira es muy complicada y tiende a complicarse ella solita; la verdad, en cambio es sencilla como un rayo de sol. El ruido es complicado, el silencio sencillo. Dios guarda silencio como quien guarda el tesoro al que siempre podemos acudir. Vimos a nuestros diputados y senadores callados, guardando silencio. Escuchando por una vez. El silencio es claridad que nos vigoriza, el ruido es aturdimiento que nos debilita. Estas son verdades antiguas a las que tenemos que volver una y otra vez.
Hay entre nosotros personas que han cultivado ese silencio, esa claridad y frente a ellas sentimos un respeto natural, no forzado, espontáneo y alegre. De vez en cuando necesitamos volver a casa, oír el susurro que es lenguaje del corazón, que es el idioma de la eternidad. El fuego no hace ningún esfuerzo por derretir el hielo, el alma no hace ningún esfuerzo cuando la dejamos que se eleve hacia Dios. Necesitamos de vez en cuando volver a casa, deponer las armas, descansar el cuerpo fatigado y la mente acalorada.
Hay personas capaces de volver a hablar de modo que todos entiendan el sencillo mensaje de la bondad y la compasión. El papa León es una de esas personas. No es la primera ni será la última. Siguen su camino con naturalidad porque saben que treinta monedas de plata no valen lo que un corazón que se entrega (parafraseando a cierto poeta sevillano). No pueden ser compradas, reducidas, aplacadas.
Están del lado de ricos y de pobres, de poderosos y de débiles, de grandes y de pequeños, porque no pierden el tiempo en distinguir, en etiquetar, en discriminar. La validez de cada alma (su historia, su viaje, su tensión) es única y como tal debe de ser entendida. Generación tras generación, si hemos encontrado el camino ha sido porque esas personas han dejado un rastro sin pedir nada a cambio.
El núcleo central del cristianismo es el de la humanidad de Dios y la divinidad de lo humano, pues en Cristo se reconcilian gracia y naturaleza, tiempo y eternidad. La brecha ha sido sanada y tenemos acceso al agua de vida. “Y sacaremos con gozo aguas de la fuente de la salvación”, reza la Escritura. Un solo trago de esa fuente, de esa verdad sencilla, de esa palabra amable, produce el efecto saludable inmediato. Hace falta que, de tanto en cuando, alguien nos vuelva a enseñar a alzar la mirada, a desnudar el pecho, a agradecer los dones recibidos. Todo lo demás es ceniza en el viento.

